Desde hace algunos meses, frente a la catedral de Xalapa, se plantó (así, literal, con raíces y toda la cosa) un grupo de taxistas independientes. Querían placas, o mejor dicho que las placas para circular sus taxis fueran más accesibles. Ningún clasemediero puede soñar con tener esa cantidad de dinero en la mano, lo cual favoreció que se fortalecieran las mafias. Así que estos taxistas, sin el mencionado dinero y sin interés alguno en formar parte de estas mafias, se organizaron y se plantaron. Yo los vi por bastante tiempo así, aunque sin gente vestida de rojo fiel:
Sin resultados, hace tres días fueron desalojados en un operativo de la policía estatal. Con lujo de violencia. El jefe del sindicato (que formaron sindicato, el FATTI) fue llevado a la cárcel, en donde le inyectaron cocaína, y lo dejaron hecho trizas. Torturas de primera. Incomunicable.
Obviamente, el organismo de Derechos Humanos de Veracruz no hizo caso alguno. Los periódicos locales, en completa armonía con el gobierno. La justificación: contaminación auditiva. Y lucían mal.
Lo que me causó más indigestión (después de todo esto), y me puso a pensar en el Gran Hermano, fue lo que siguió: una manifestación de trescientas personas agradeciendo la entrega de concesiones a los taxistas. En el mismo lugar, hablando en nombre de los taxistas, pero por parte de la mafia que los suplantó. La imagen resultante es que el gobierno queda bien con la gente. Todo en paz.
¿Por qué?
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