miércoles, 25 de noviembre de 2009

digresiones antropológicas

La lección suprema de la antropología, generalmente, me deja con un sentimiento de vacío casi inexplicable: Somos distintos, diametralmente distintos (distintas maneras de codificar la naturaleza, las relaciones humanas, el lenguaje, el pensamiento) y, aunque siempre existe la posibilidad de comunicación y compenetración (lo llamamos rapport, aunque no es más que la posibilidad de una empatía trans-cultural), siempre debe tomarse con pinzas. Suele llevar a malos entendidos.



Sin embargo, este imperativo categórico de relativismo cultural (nada está completamente determinado de forma biológica; todo se moldea en relación con el ambiente social en el que se desenvuelve, incluso la forma de dormir u orinar), por lo demás extensamente documentada (si algo hacen bien los antropólogos, son las etnografías) queda al fin sin referente, desprovisto completamente de contenido al ser generalizado (tal como lo hago aquí, debo tomar nota). Puede llevar, por un extremo, al posmodernismo de Clifford. Incluso a una cruzada contra todas las ataduras tradicionales, contra el modelo unívoco de lo bueno, lo bello y lo verdadero. Los caminos son infinitos. Todo se vale. Pero quedan desprovistas de referentes. Un sentimiento de vacío, de no tener punto de apoyo alguno, es una consecuencia lógica. No intento aquí un viraje conservador y moralino a los valores tradicionales, la familia y la religión (que en verdad son algo hermoso y valioso, cuando no son un imperativo, sino expresión libre del corazón humano). Sólo constatar que la libertad puede ir de la mano del desamparo.

La contraparte de la lección de la antropología es justamente ese anclaje. Todo es relativo – a un tiempo y un ambiente determinados. El conocimiento se entiende mejor cuando se sitúa. Y, para ser sinceros, una discusión en torno al tema es simplemente irrelevante sin un referente concreto, así que esta digresión (por segunda vez en el blog) queda sin razón de ser. Podría, por una vez, desviarla un poco al aquí y ahora, al ¿Por qué acaban de aprobar en diecisiete estados la pena de cárcel a las mujeres que se les descubra un aborto? ¿Qué sigue habiendo en nuestro país que vuelve el clima político favorable al pensamiento político conservador? ¿Qué ambiente especial se cuece en la capital para que vaya contracorriente en esta onda nacional en expansión? ¿Por qué entregan permisos a Monsanto en bandeja? ¿Por qué suben impuestos y aumentan las exenciones a Telmex y Televisa? ¿Por qué podemos hacer tan poco al respecto?

Pero, tristemente, no puedo responder a esas preguntas, ni a por qué tenemos al presidente que tenemos (digamos, aparte del fraude, que no fue de la magnitud de la del 88 – y da el mismo coraje, aunque tengo la sospecha de que sólo estuvo mejor elaborado, y no fue menos intenso–, podría aventurar la deuda externa y la cercanía con gringolandia, el gravísimo abismo social que separa a ricos y pobres, al norte del sur; la cultura política heredada del priísmo – léase clientelismo, apatía inducida aderezada con represiones estilo Cananea, cooptación de los sindicatos fuertes, y el clásico “pan y circo” en tiempos electorales –, y la corrupción en todos los niveles, pero sigo sintiendo que se me escapa por completo por qué tenemos a un pelele dando la cara en Davos).

El espíritu humano es el tema más fascinante, escabroso e incomprensible que haya conocido. Sólo podemos encontrar pistas, dibujar tendencias, figurar algunas regularidades y sanciones, pero al final el contenido siempre se nos escapa. El espíritu humano es libre, aún en la situación de cautiverio más desesperante. Por lo mismo es inexplicable. Lo más que podemos hacer es seguir sus pasos.
Qué pasó en la cabeza de quienes lo impusieron, no tengo la menor idea.

Qué pasa en su propia cabeza, tampoco. Apenas comienzo a esbozar qué es lo que pasa en la mía…

No hay comentarios:

Publicar un comentario