— “¿A dónde vamos, mamá?”
Juan Pedro Luis se encontraba en ese momento en plena pelea con una hormiga; la intentaba dirigir hacia la orilla de la banqueta con un palito, pero ella necia que necia no se dejaba, y apenas se descuidaba un poco Juan Pedro Luis, la hormiga ya había desandado la mitad del camino. Era una de las negras, grandotas, que se mueven muy rápido, aunque no pican tanto como las rojas del mismo vuelo, o las chicantanas.
(“estoy segura de que tenía otros diez pesos… ¿en dónde estarán…?”) Al parque, mi hijito (“¿los habré dejado en la mesa al salir? Tal vez se cayeron del bolso sin darme cuenta…”). ¿No te gustan los juegos del parque? Luego vamos a tomar un helado (“¡si es que nos alcanza!”) en lo que llega tu papá antes de ir a la casa (“¡aquí están! Menos mal encontré el cambio, que si no, no tendríamos para el helado ni para el camión”)
Juan Pedro Luis estaba ya cansado de esperar. Todos los jueves era lo mismo: comer en cualquier lugar en donde NO tenían juegos para niños ni papitas fritas, luego esperar una eternidad en lo que pasara un camión a quién sabe dónde, en donde su mamá intentaba entretenerlo en lo que llegaba su papá con el coche. ¿Por qué no lo dejaban quedarse con Jorge? Él tiene el mejor videojuego, ¡y tiene dos controles! Y los zapatos le apretaban. ¿Por qué no le compraron los de lucecitas que tiene Jorge?
Cuando por fin logró que la hormiga llegara a la orilla de la banqueta, llegó el camión. Arriba, sólo podía hacer dos cosas: molestar al señor que se sentara enfrente, o voltear hacia fuera; no había ningún señor enfrente. Se puso a observar las nubes. Había una algo extraña; primero le pareció que era como un dragón con un cuerno muy largo, pero al final se convenció: era un samurai, como los de la película del sábado…
Comieron un rato y se acostó con su madre a descansar. Los columpios del parque estaban rotos; sólo quedaba la resbaladilla, que era muy pequeña. El niño se acostó en las piernas de su madre, y volvió a voltear a ver las nubes. “Si ves por un rato, encontrarás el alma de la nube volando dentro de ella”, le contaba su madre, mientras acariciaba su pelo. El niño veía y veía: un rinoceronte, un antílope africano, un pastel de chocolate con fresa y un samurai japonés con espada medieval; de hecho se parecía mucho al samurai que había visto en el camión… sí, era el mismo, aunque ahora parecía estar esperando algo. Juan Pedro Luis se volvió para observar el pico de Orizaba, más cerca y claro que nunca. Y una nube salió detrás de él, primero larga, luego acolchonadita y se estiraba y se encogía como masa de sal en manos del viento. Y por fin salió: una tortuga blanca, gordita, con los brazos y piernas estirados, como volando. “¡Esa de allá parece una tortuga!”, le dijo a su madre. Volaba lento, como admirando el paisaje, o como si algo pesado le estuviera estorbando.
En el camino se comió un pedazo del pastel de chocolate con fresa, y por un rato no se distinguió nada entre ese revoltijo. Luego la tortuga adquirió mucha velocidad y tropezó con el rinoceronte, que se convirtió en un jaguar dientes de sable y lo persiguió por medio cielo, acelerando el paso para alcanzarla, y la tortuga para no ser alcanzada.
-“Las tortugas son muy rápidas cuando tienen miedo” -¿Qué pasó, mijito? -“Nada, mamá”
La tortuga voló tan rápido que perdió de vista al jaguar, que se contentó con perseguir al antílope africano que estaba cerca. La tortuga cruzó otro monte, un río y un precipicio, y llegó al templo del samurai japonés con espada medieval, que parecía haberla estado esperando. Primero la saludó, pero se acercó cada vez más hasta que le cortó la cabeza con su espada medieval, y ambos cayeron, derramándose, hacia el suelo. Cayeron en el monte, el río y el precipicio, en el parque que se comenzó a encharcar, en su mamá que lo cargaba con prisa intentando no mojarse sin lograrlo, en un señor ejecutivo con cara de pocos amigos y sin paraguas, y sobre el vidrio del coche del padre de Juan Pedro Luis; Juan Pedro Luis escuchó por un tiempo golpetear a la tortuga y al samurai, como saludando. Este respondió el saludo, muy emocionado por los charcos que iba a pisar al llegar a su casa.
-“Mamá, ¿falta mucho para que lleguemos?” -No, mijito, ya no falta mucho. Te puedes dormir, si quieres, en lo que llegamos.
Juan Pedro Luis se acurrucó acomodando su cabeza en las piernas de su madre, se despidió de la tortuga y del samurai con dos golpecitos, y durmió sin más. Su madre lo observaba sonreír en sueños, y le comenzó a acariciar el cabello.
“Hoy sólo quiso ver las nubes en el parque, parecía algo cansado; ¿cómo te fue en el trabajo?”…
Esto fue un sueño que tuve hace un par de años, que escribí al día siguiente. Fue un ejercicio curioso, que terminó variando un poco la versión original para ser digerible.
ResponderEliminarLa verdad, esto no tiene mucho en especial. Sin embargo, lo quería compartir, más ahora que extraño tanto a mi pequeño...